domingo, 31 de octubre de 2010

San Isidro de Níjar: vivir de rodillas.

Hace casi un año de aquello y aún el recuerdo me remueve cada día desde lo hondo de mi olvidadiza cabeza, y a veces, quizás, desde el corazón.

Yo, que había llegado hasta el campo de Níjar para acompañar a un grupo de chavales de 17 años en una experiencia solidaria promovida por su colegio, me vi de pronto en la puerta de aquel taller, donde inmigrantes ilegales sin recursos encontraban un alivio para su mísera situación. Frente a mí una larguísima fila de chavales poco mayores que aquellos a los que yo acompañaba. En total serían unos 40. En mis manos tres bonos para trabajar los próximos 3 días. Quizás trabajar sea una exageración. Simplemente era una dignificación de la limosna de 5 euros diarios y una bolsa de comida al final de los tres días, a cambio de hacer algunas pulseras.

Di los bonos a los tres primeros de la cola, y el cuarto se quedó plantado delante de mí, mirando mis manos vacías, mientras yo enrojecía de vergüenza como pocas veces. Me pidió hablar con la “mama”, y en ese momento emergió de detrás de mí aquella monja menuda y viva, a la que todos los morenos llamaban “mama”. Le explicó que hoy no cabía más gente en el taller, mientras a mi no me salía ni una palabra.

          -Bueno mama, no pasa nada, no te preocupes, no pasa nada

¡No pasa nada! ¿Que no pasa nada? Ese chaval vivía en un cortijo abandonado con otros veinte compatriotas, sin agua corriente y con dos bombillas y un enchufe que usaban por turnos, no iba a poder conseguir lo necesario para comer esta semana, llevaba en esa situación más de un año, ¡y dice que no pasa nada! ¡Y le preocupa que tú no te preocupes por él!

Esa tranquilidad, ese abandono sereno de aquel chaval, probablemente más joven que yo, a pesar de su aspecto envejecido, me martillea cada vez que me creo agobiado por los pequeños problemas de mi cómoda vida.

Fue sólo uno de los episodios vividos allí, y que empezarán a aflorar ahora, una vez digeridos. Espero que os guste y que os incomode un poco, que no está de más.

A las “mamas” de S. Isidro




domingo, 3 de octubre de 2010

Empezar es lo importante

Empezar es lo importante, empezar.

Empezar sin saber siquiera qué estas haciendo, ni cómo vas a hacerlo, ni quién va a verlo, pero comenzar con la valentía que implica la incertidumbre. Sin tener apenas claro para qué y ni aún por qué.

Da igual si por el principio, por la mitad o por el final mismo, pero empezar ya, por algún sitio, pronto, por donde sea. Sin esperar a tener nada más, a saber nada más, a que venga nadie más, a que pase nada más.

No sabiendo, no viendo, no controlando, no previendo, no tocando, ni aún queriendo.

Empezar es lo importante, empezar. ¿No es acaso eso la fe?

martes, 28 de septiembre de 2010

La huelga amañada

Yo, mañana, no paro. Vivo en un país con unos sindicatos arcaicos, que se erigen en valedores de unos trabajadores a los que no representan, y que sobreviven apoltronados en sus tronos de privilegios cubriendo expediente, regodeándose desde hace años en un idilio de compadreo con el Gobierno.

Estos sindicatos convocan una huelga contra unas medidas que responden a una situación que ellos mismos han provocado, pues son corresponsables de la desastrosa política económica que ha seguido el Gobierno de España en la gestión de la crisis, ajenos a la cruda realidad de ahí fuera. Unos sindicatos que, en todo caso, se han aplicado en mantener las condiciones ya adquiridas de los trabajadores, olvidándose de aquellos que iban engrosando las listas del paro.

Convocan una huelga general de mentira, una pantomima conocida y tolerada por el Gobierno que preside uno de ellos. Una huelga general acordada, que “no hará daño”, y que pretende ir dirigida contra una nebulosa incierta en la que se mezclan capitalismo, banca, empresarios, oposición... pero que huye del ataque al Gobierno, único responsable de la gestión de esta crisis.

Esta es una huelga general que el Gobierno necesita para hacer ver a los mercados que las medidas tomadas han sido contundentes, y no seguir recibiendo presiones para cambiar sus políticas. Es también una necesidad para los sindicatos que, en decadencia, necesitan un poco de acción en sus filas, una convocatoria amañada que les permita hacer una demostración de fuerza, aunque sea por la fuerza.

Será una huelga, me atrevo a decir, en la que el Gobierno haga la vista gorda a la coacción violenta de los piquetes al cortar carreteras y servicios básicos. Ya hoy aparecen personajes advirtiendo de que habrá “piquetes convencitivos” y "potentes" en Asturias, o del “grave riesgo” que supone llevar a los niños al colegio en Canarias. Supongo que es de agradecer que estos altruistas trabajadores se preocupen de hacernos comprender cuán importante es seguir la huelga, tanto para nuestro futuro laboral, como para nuestra integridad fisica.

El final está claro: el Gobierno reconocerá el éxito de la convocatoria, y los sindicatos estarán contentos, porque eso es únicamente lo que les interesa, pues saben que no hay marcha atrás en la reforma laboral, que seguirá adelante.

Pues eso, que yo mañana estudio. A ver qué pasa.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Del adiós desterrado

Paulatinamente, y casi sin darnos cuenta, hemos ido desterrando de nuestro vocabulario la palabra adiós, sustituida por un volátil hasta luego, aun cuando sabemos que no volveremos a ver a nuestro interlocutor.

Algunos piensan que la pérdida del adiós es una consecuencia más de la secularización de nuestra sociedad. Ya les hubiera gustado a aquellos que intentaron desterrar el adiós de los labios de nuestros abuelos, sustituyéndolo por el muy laico salud, por otra parte con escaso éxito. Pero no creo que sea esta la razón profunda de este cambio en nuestras despedidas.

El adiós se ha teñido hoy de una pátina de finitud, de irreversibilidad, y es precisamente de esta terrible realidad del "se acabó" de la que nuestra cultura occidental intenta huir a toda costa, obviándola, haciéndola desaparecer de nuestras cabezas, diluida en dinamismo y futilidad, oculta tras la cortina de humo de la provisionalidad. Y el hasta luego no es más que la expresión, en forma de despedida, de esta huida de lo definitivo.

Nos negamos a aceptar la posibilidad de no volver a ver a la persona que despedimos, o quizás a reconocer que no tenemos el control absoluto sobre nuestra vida para provocar un nuevo encuentro. Nos da un miedo atroz decir adiós, porque nos aterra el para siempre. O el para nunca. Porque no somos capaces, como lo eran nuestros abuelos, de saber cuándo la fiesta ha terminado.