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viernes, 19 de febrero de 2010

Historias y personajes autobuseros (IV): los hombres de las bolsas de basura

El autobús estaba casi vacío cuando subí: sólo una chica abrazada a una carpeta, tres señoras casi dormidas y, en los asientos de al lado de la puerta, ellos dos.

Iban juntos pero callados, con las miradas perdidas a través de los cristales borrosos de polvo, y una expresión en sus caras a medio camino entre la derrota de toda una vida y la ilusión descafeinada de un volver a empezar. La expresión de la cara de quien ha vuelto a salir en libertad, después de un tiempo de prisión, otra vez. Una vez más.

El que estaba sentado junto al pasillo agarraba con fuerza la barra roja del autobús, con sus manos plagadas de rudimentarios tatuajes, mientras su colega tamborileaba nervioso con los nudillos en el cristal del autobús. Ambos llevaban entre las piernas una bolsa de basura negra. La bolsa de basura en la que les dieron sus pertenencias al salir de Sevilla I esta mañana. Una bolsa de basura que bien le valdría, piensa, para meterse él, para meter la vida que ha tirado entre los barrotes.

Ahora cumplirían con el ritual de la libertad, ya convertido en rutina: llegar a la casa, beso a la madre sufridora, comida de verdad, ducha, tele... Y mañana despertar otra vez en el mismo barrio, sin nada que hacer, pasando el día con la misma gente, en la misma esquina, hasta volver a cagarla.

Pero quién sabe, quizás esta vez sea para siempre. Quizás no vuelvan a llevar nunca la cartera en una bolsa de basura. Quizás no vuelvan a necesitar sus galones tatuados en los nudillos. Quizás no tengan que volver a coger nunca este autobús.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Historias y personajes autobuseros (III): la chica del bastón

Su entrada en el autobús atrae las miradas de los viajeros, hasta entonces embobados con las gotas de lluvia que se quedan pegadas al cristal y se deslizan perezosas, creando formas imposibles.

Sé de su existencia desde que la veía, hace años, en el instituto, llegar acompañada de aquella amiga. Me llamaba la atención cuando transportaba con trabajo la perkins y los gordísimos libros en braille por los pasillos, y la gente se apartaba a su paso del radio de su bastón. Ya entonces me resultaba admirable su esfuerzo, cuando se pasaba recreos tecleando en la biblioteca, y esperaba a algún compañero para cruzar la calle.

Hacía unos años que no la veía, hasta el año pasado que empezó a coger mi autobús. La primera vez pensé que iría a algún centro de la ONCE, o que habría cambiado de instituto. Pero me sorprendió comprobar que era en la facultad de Psicología donde se bajaba. Nunca comprendí cómo era capaz de saber en cada momento dónde estaba, sin preguntar a nadie, y aunque el autobús se saltase paradas. El caso es que la chica del bastón de mi instituto ahora va a la Universidad, y en mi autobús.

Sube con decisión, con su bastón blanco por delante, acerca su tarjeta y adivina cuál es el asiento que está ibre para sentarse. Cuando lo hace sonríe orgullosa, consciente de lo que significa  su gesto diario para alguien con ceguera. Y no sólo por conseguir sentarse en un autobús, sino por lo que esto implica. Por el hecho de que ese autobús la lleva a la facultad, haciendo realidad no sólo sus sueños, sino las aspiraciones de muchas personas con su discapacidad.

Ella no ve el espectáculo que producen las gotas de agua tras el cristal empañado, y que recupera la atención de la mayoría de viajeros, una vez que se ha sentado. Ni falta que le hace.

La chica del bastón, de la que alguna vez oí su nombre y olvidé rápidamente (como casi todo), me recuerda regularmente la suerte que tengo de coger este autobús cada mañana.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Historias y personajes autobuseros (II): el segurata cincuentón

Coincido con él en el autobús los días que voy a la facultad a primera hora, a eso de las ocho de la mañana.

Al principio pensé que, como todos a esa hora, se dirigiría a trabajar, pero gracias a una furtiva escucha de una conversación por el móvil me dí cuenta de que él termina su jornada cuando todos la empezamos, como me confirmó en adelante su cara desencajada después de una noche en vela, cada vez más dura desde que pasó de los cuarenta, y que empieza a ser una tortura después de los cincuenta.

Su uniforme de guarda jurado, que hubiera resultado flamante en otro cuerpo, en el suyo resulta un tanto esperpéntico, con la barriga cincuentona sobresaliendo por debajo de la camisa y el bajo del pantalón de pinza barriendo el suelo antideslizante del autobús.

Apoyada la cabeza cana contra el cristal vibrante, mantiene los ojos cerrados casi todo el tiempo, en parte por el cansancio demoledor, pero quizás también por evitar ver la realidad en la que se encuentra: a sus cincuenta años, en un autobús de barrio, a las ocho de la mañana, volviendo de trabajar toda la noche vigilando una obra. Volviendo de no hacer nada, sólo estar.

Él, que fue un trabajador válido, incansable, fiel a aquella empresa que le contrató con dieciséis, en la que empezó desde abajo y en la que consiguió ascender y realizarse. A aquella empresa que le despidió con cuarenta y ocho, cuando los nuevos dueños decidieron que su permanencia en plantilla no era productiva, y que su imagen no transmitía a los clientes "juventud y dinamismo".

Él, que después de aquello buscó un nuevo empleo, ilusionado con que su experiencia le abriría puertas, pero que se dio de bruces con la realidad de ser considerado un inútil, y que tras agotar el paro tuvo que aceptar el único trabajo que encontró, de vigilante. Vigilando. Vigilando nada, vigilándolo de nadie, convertido en sombra, en figurante. Pasando noches solas y aburridas, refugiado bajo el grueso chaquetón y amarrado a la radio. Solo pensando. Solo recordando. Sólo motivado por conseguir una jubilación, un final a esta historia, y por lograr que su hija siga estudiando para evitar correr una suerte parecida a la suya.

Mientras pasan los años, formados ahora por noches en lugar de días. Y él llegará hoy a casa una mañana más, y se echará a dormir al lado de aquella mujer, eterna ama de casa, a la que un día amó, o quizás aún ama, y a la que ahora sólo ve en un fugaz vis a vis cada tarde. Y al despertar se sentará frente al televisor, derrotado, hasta que llegue de nuevo la hora de volver al tajo.

Es el segurata cincuentón, y su presencia en mi autobús me hace pensar que es una sociedad enferma aquella que desprecia a sus padres y los relega al dique seco.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Historias y personajes autobuseros (I): La vieja anónima

Hoy la he vuelto a ver. Hacía unas días que no coincidía con ella en el autobús por la mañana, y llegué a pensar que los primero fríos y el acecho de la gripe podían haber dado en tierra con sus viejos huesos. Pero no, hoy estaba allí.

Es una vieja anónima. Cuando subo al autobús ella está allí, sentada en los primeros asientos, seguramente desde que subió en alguna parada del barrio marginado cercano al mío, donde vive. Donde vive desde siempre, desde que su padre, o quizás su hermano, fue condenado a trabajos forzados por haber optado por el bando equivocado en aquella guerra. Donde, junto a su casa, pervive ese recuerdo imborrable de la represión que para ella es el Canal de los Presos.

Delgada, nerviosa, arrugada. De falda invariable y negro riguroso. Tiene... tiene muchos años, y su cuerpo gastado aparenta muchos más, tras una vida de trabajar cuando ninguna mujer trabajaba, en lo que ninguna mujer trabajaba, a cambio de un sueldo por el que nadie trabajaría, para sacar adelante a unos hijos que crío con esmero, pero que las drogas, "las cosas malas" como alguna vez la oí decir, se encargaron de arrebatarle.

La acompaña un carro de la compra, a esas horas vacío, que ella agarra como si le fuera la vida en ello, como si tras el asa de ese carro agarrara algo más. Como si ese carro la mantuviera con vida. Y en cierto modo es así, pues ese paseo matutino en autobús hasta un mercado rompe por unas horas la monótona soledad en la que vive ya. Cualquier compañía es buena para hablar de cualquier cosa, cuando se tiene tanto que contar.

Se baja en su parada, abriéndose paso, fresca, altiva, casi chulesca pese a su metro cincuenta de altura. Se despide del público riendo y pisa la calle una vez más. Un martes más de un año más. Y no puedo disimular la sonrisa, siento un profundo respeto, y pienso que ahí va una superviviente, y que seguiré sintiéndome muy pequeño mientras la vieja anónima viaje en mi autobús.

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Inicio con esta entrada una serie sobre historias y personajes autobuseros, que iré publicando de vez en cuando. Espero que gusten. Se agradecen comentarios.