viernes, 10 de septiembre de 2010

Del adiós desterrado

Paulatinamente, y casi sin darnos cuenta, hemos ido desterrando de nuestro vocabulario la palabra adiós, sustituida por un volátil hasta luego, aun cuando sabemos que no volveremos a ver a nuestro interlocutor.

Algunos piensan que la pérdida del adiós es una consecuencia más de la secularización de nuestra sociedad. Ya les hubiera gustado a aquellos que intentaron desterrar el adiós de los labios de nuestros abuelos, sustituyéndolo por el muy laico salud, por otra parte con escaso éxito. Pero no creo que sea esta la razón profunda de este cambio en nuestras despedidas.

El adiós se ha teñido hoy de una pátina de finitud, de irreversibilidad, y es precisamente de esta terrible realidad del "se acabó" de la que nuestra cultura occidental intenta huir a toda costa, obviándola, haciéndola desaparecer de nuestras cabezas, diluida en dinamismo y futilidad, oculta tras la cortina de humo de la provisionalidad. Y el hasta luego no es más que la expresión, en forma de despedida, de esta huida de lo definitivo.

Nos negamos a aceptar la posibilidad de no volver a ver a la persona que despedimos, o quizás a reconocer que no tenemos el control absoluto sobre nuestra vida para provocar un nuevo encuentro. Nos da un miedo atroz decir adiós, porque nos aterra el para siempre. O el para nunca. Porque no somos capaces, como lo eran nuestros abuelos, de saber cuándo la fiesta ha terminado.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Carta a un futuro insomne

"Durante mis años formativos en el colchón,
me entregué a profundas cavilaciones sobre el problema del insomnio.
Al comprender que pronto no quedarían ovejas que contar para todos,
intento el experimento de contar porciones de oveja en lugar del animal entero."
Groucho Marx

Habrá noches en las que más te valdrá aprovechar el tiempo, que intentar en vano mantener cerrados los párpados, mientras dentro, a toda velocidad, se entrecruzan ideas inconexas y etéreas, que dificilmente se dejarán domar para convertirlas en palabras.

Yo, en esas noches, siempre pienso en escribir, aunque sólo a veces lo hago, intimidado por la necesidad imperiosa de dormir para, mañana, mantener una mínima lucidez. Esta noche, sin embargo, tengo todo el tiempo del mundo. Tú no lo vas a tener, porque habrás de levantarte a ir a la facultad, o al instituto, o a trabajar en una fábrica, o a conducir, o a domar leones, o a sentarte en una oficina sin quedarte dormido. Se siente.

Conozco pocas sensaciones más angustiantes que la provocada por el paso del tiempo inmisericorde en el reloj, mientras vas calculando casi sin querer las horas de sueño que te quedan. Quizás tendrás sueño, pero no te vas a dormir. No tan fácilmente.

Tendrás calor, frio, sudarás. La almohada se irá calentando, mientras tú la revolverás intentando encontrar una porción aún fresca. Da igual que la encuentres, porque al minuto estará de nuevo igual de caldeada que el resto.

En estas noches odiarás partes de tu cuerpo, como ese brazo que siempre se queda debajo cuando pareces haber encontrado la postura correcta, de lado. A propósito de la postura, siempre que pienses que la postura que has adoptado es la más cómoda y la que, por fin, te permitirá dormir, te estarás equivocando. A los pocos minutos de juguetear con ese pensamiento, una fuerza inexplicable te hará cambiar de postura ante la incomodidad insoportable de la anterior.

Podrás entretenerte en observar los objetos que llenan tu habitación, que en la oscuridad se convierten en misteriosas formas que parecen observarte esperando a que te duermas. Posiblemente te des cuenta de la inutilidad de muchos de ellos y pienses en tirarlos, pero mañana no te acordarás. Es entonces cuando intentarás descifrar la misteriosa secuencia que siguen los cuadraditos de luz que se forman en los agujeritos de la persiana, si es que tienes persiana, e intentarás alinearlos, o realizar imposibles dibujos geométricos mentales con ellos.

Por último, podrás decidir intentar no dormirte y aprovechar el tiempo. A mi me funciona escribir, me estoy cayendo de sueño. Buenas noches.

martes, 31 de agosto de 2010

Volver a empezar

Conforme escribo el tipiquísimo título de esta entrada me doy cuenta de lo absurdo de “volver a empezar”. Lo que se empezó una vez no se puede volver a empezar jamás. Se puede continuar o se puede abandonar, pero nunca volver a empezarlo.

Reflexiones lingüísticas aparte, es mi intención continuar en los próximos días escribiendo en La Razón Extraviada, después de unos meses de silencio. Espero que guste, o al menos que se deje leer.

¡Muchas gracias!

martes, 2 de marzo de 2010

Salida de pasajeros

Media hora esperando en la salida de pasajeros de un aeropuerto da para mucho:

Puertas correderas automáticas con anuncios. Con muchos anuncios.

Expectación al abrirse la puerta, tornada en aburrimiento cuando las dos hojas se vuelven a unir y vuelta otra vez expectación cada vez que se separan.

Personas que esperan a señores y señoritas trajeados de los que sólo saben su nombre, que aparece impreso en un folio que muestran con esperanza cada vez que se abre la puerta, a la espera de alguien que reconozca sus propios apellidos en el cartel.

Gente con prisa que abandona rápidamente la escena mientras hablan por teléfono.

Trabajadores con acreditación que atraviesan una y otra vez la puerta en sentido contrario, haciéndose los interesantes mientras hablan por su walkie.

Conversaciones intrascendentes entre los que esperan.

Y aquella niña rubia que parecía ajena al cuadro, que se abalanzó sobre su padre cuando lo vio aparecer entre los anuncios, casi tirándolo al suelo, y que me alegró la tarde.